Peinate que viene gente


Guarda con el chocolate

¡Slurp!Qué hijo de puta, no puedo haber comido tanto chocolate. Estoy sentado frente al monitor y el teclado se ha puesto pegajoso y me atrapa los dedos cuando tipeo. He señalado también un par de cosas en la pantalla y ahora, entre estas palabras y mis ojos, hay lunares opacos, rayas aleatorias y grasosas. Un tío de mi mujer tiene una bombonería artesanal, hacen de todo con el chocolate, hasta muñequitos de jugadores de fútbol brasileros con camisetas de una fondán, o no sé cómo mierda se llama, es del mismo color amarillo, y los pantaloncitos les salen igual. Cada tanto viene y trae una cajita pedorra, el tío de mi novia. Trae, ponele, un delicatésen, que es una pelotudez deforme, porque mete tres bocaditos pedorros y les clava un moño encima. Te quedás con toda la leche. Y lo jodimos tanto con que era un amarrete la última vez que vino, que ahora se sintió en falta y quiso levantar el punto, así que hoy nos trajo la caja más grande que yo he visto en mi vida con un cargamento de chocolate.
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gráfica del CicloVan a pasar un montón de cosas antes de fin de año, así que les voy contando para que se apunten así disfrutamos juntos. a) Arrancamos con lo del martes 26 (¡pasado mañana!), que los quiero invitar a compartir una charla organizada por la Secretaría de Extensión de la Universidad Nacional de Córdoba. Me han pedido que hable de “La experiencia inmediata: bitácoras virtuales o blogs”. Esta actividad forma parte del ciclo Derecho a la Cultura y me parece muy lindo que se hagan un llegue si están al pedo, así compartimos ideas y conversamos un rato. Es a las 19:30, en la Casona Municipal (La Rioja esquina General Paz), con entrada libre y gratuita...
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portada del libroAntes de que el cantante ahogara nuestra conversación en el local donde nos estábamos clavando la pizza, alcancé a decirle a Zanoni que recordaba exactamente el momento en que conocí su blog: por un post acerca de la identidad de Edgar, el personaje de Duro de Domar que interpretaba Diego Gvirtz. Todos los que estábamos en la mesa de pronto comentamos que nuestra primera vez con Zanoni (dicho así suena a conversación con pucho después de una orgía) se había dado como resultado de una búsqueda en Google. Eso nos llevó a pedir más cerveza y a discutir sobre blogs, contenidos, redes sociales y algunas otras inquietudes trasnochadas antes de que una zamba tronadora nos enmudeciera, dejándonos con los ojos chinitos de los que intentan escucharse. En su paso por Córdoba Leandro se despachó con tres charlas. La primera, organizada por la gente de Punto a Punto (bien cronicada por Mauro), la segunda en la Pascal, y la tercera en el Centro Cultural España Córdoba. Aunque sé que "la materia digital" puede no resultarle atractiva a una parte de los lectores de Peinate (pienso en los que se declaran alérgicos tecnológicos), me parece interesante destacar dos cosas:
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Gol de media cancha es sacarte a las once y cuarenta una gran sonrisa...
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Fotografía: técnicas de la gran puta

Hace ya un tiempo que vengo juntando el trabajo de algunos fotógrafos que se van al carajo y hacen cosas muy buenas. La idea de apretujarlos en un post surgió porque no siempre recuerdo sus nombres y webs, así que me pareció interesante armar una caprichosa galería que los uniera.

Alguna vez expliqué sobre mi vínculo prematuro y obsesivo con la fotografía. Ya he dicho bastante sobre todo lo que me impacta de ella y de las posibilidades que le brinda a la creatividad la posibilidad de congelar momentos, velocidades, sensaciones, rostros y cosas como esas con las que siempre alguien se gana un concurso. En esta oportunidad, sin embargo, pretendo que nos enfoquemos más en la técnica, donde el agregado personal marca la diferencia.

Enamorado como soy de la visión amateur de las cosas, y como para que la gente neofita lo entienda, voy a explicar brevemente qué onda con cada estilo. Si alguno la tiene más clara, obviamente, se aceptan correcciones y sugerencias.
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Un fantasma horrible en la puerta

El lunes o el martes, no me acuerdo bien, golpearon la puerta justo cuando imaginaba en qué número podía poner el volumen del equipo sin que estallaran los vidrios. Me había quedado solo en casa y cada vez que sé que todo el mundo parte para algún lado y me deja ejercer mi monarquía de puertas quietas, me gana una pequeña ansiedad eufórica. Saber que me esperan un par de horas para leer sin interrupciones, o escribir sin interrupciones, o cantar Positively 4th Street de Dylan pifiándole a la letra sin correcciones, o parodiar la guitarra de Compay Segundo en su maravilloso Chan Chan (yerro más en ésta que en la de Dylan) me siento como un pendejo en una juguetería: con permiso para portarme mal mientras no me ven mis viejos. Por eso los golpecitos me hicieron tirar a un costado el libro que había decidido terminar mientras gritaba que ya iba y me ponía de pie refunfuñando.

Pregunté quién era sin abrir y del otro lado una voz infantil preguntó por mi hija. Me quedé colgado unos instantes y por fin corrí el cerrojo y asomé un ojo. Había tres o cuatro cabecitas que se movían de un lado a otro para ver.

—La Niki —agregó una de ellas como para que lo entendiera mejor.

Mi cara de desconcierto debió ser muy parecida a la de una muñeca que se acerca demasiado a una llama. Alcancé a balbucear:

—No; salió con los abuelos.

Cuando las niñas desaparecieron y yo ya estaba a salvo de nuevo adentro, lo pensé mejor. Había vivido un momento bisagra en la historia de mi vida y me disponía a seguir de largo como si tal cosa, sin entender que ese golpe en la puerta era el primero de una cadena de futuros golpes que antecederían a los fatídicos:
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Hoy se presenta el libro de Esteban Llamosas...
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Versión libre de un cuento

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Peguelé hasta dejarlo morado

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Lo primero que el juez de paz Álvarez observó cuando bajó del colectivo en el pueblito, fue cómo un tipo le pegaba un cachetazo en la oreja a otro. El recién llegado aguardó inmóvil junto a su maletín en la calle de tierra, mientras que a pocos metros uno de los desconocidos se cubría un costado de la cara con ambas manos mientras el otro, con la mano todavía en alto, lo miraba.
El segundo golpe recayó sobre la oreja descubierta. El sombrero de pana grueso y raído había caído al suelo y el muchacho, aturdido, lo sacudió antes de ponérselo sobre la frente transpirada. Después avanzó hacia el juez que, ya de cerca, advirtió las heridas en el rostro, los ojos en compota, un párpado colgante, los cortes en las mejillas y en los pómulos, los labios partidos y cicatrizados decenas de veces.
Apenas si reparó en el juez y se limitó a pasar a su lado sin mirarlo. Álvarez retrocedió despejando el camino y giró para verlo avanzar hasta la puerta del hotel, donde se sentó a la sombra de un raquítico algarrobo.
Confundido, el juez de paz, hombre respetado en la zona, enjugó el sudor de sus mejillas, aclaró la garganta y se encaminó hacia el hospedaje con cautela.
Detrás del mostrador un señor robusto de gruesos bigotes apenas si contestó su saludo.
—Usted dirá, ¿en qué lo ayudo?
—Mire, quiero preguntarle si sabe por qué le han pegado dos cachetazos a un muchacho allá afuera. Digo, no es de mi incumbencia, pero resulta que soy juez de paz, y estas cosas por ahí tienen un trasfondo legal que… —empezó a explicar Álvarez, pero la excusa para enmascarar su curiosidad se vio interrumpida por la sonora carcajada del recepcionista:
—¿Carlitos?
—¿Perdón? —preguntó el juez desconcertado.
—Usted se refiere a Carlitos, el del sombrero…
—¡Sí, sí! —enfatizó con entusiasmo al ver la posibilidad de resolver el enigma— el mismo del sombrero…
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Lo hermoso de estos miniposts es que puedo poner lo que quiera debajo de un titulito discreto y no molesto a nadie. Jueves Malditos // Bukowski
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Recibirse de boludo

A lo largo de esta vida me han ocurrido cosas extrañas y he sufrido accidentes de todo tipo, algunos por imprudencia, otros porque tenían que ocurrir. Con o sin secuelas, a todos los recuerdo y contabilizo con precisión. A los seis años me rompí el codo en una carrera de cincuenta metros sin obstáculos en un pasillo del colegio, por ejemplo; a los doce me operaron de urgencia para extirparme un apéndice a punto de explotar; a los quince me sacaron un lunar enorme de la espalda y al día siguiente se me abrieron los puntos en un partido de volley; a los veintipico se me rompió el culo. Creo en la importancia de algunas experiencias, porque con ellas entendemos lo maravilloso que es estar bien. Digo esto pensando en esa máxima hipocrática que define a la salud con sencillez supina: “estar sano es no sentir el cuerpo”. Escribo este post con dificultad, con mucho dolor (físico) después de lo que me ocurrió hace unas horas en el patio de mi casa. De todos los imponderables, de todos los accidentes, de todas las intervenciones fortuitas del destino, lo que me pasó hoy es, lejos, lo más humillante.
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